Un problema criminológico emergente de la modernidad tardía.
En los últimos años, ciertos actos de violencia individual han sido explicados de manera rápida, superficial y muchas veces equivocada. Ante hechos extremos, suele aparecer la necesidad social de encontrar una etiqueta inmediata: psicópata, fuera de sí, imitador, consecuencia de la polarización o producto directo de la violencia social.
Sin embargo, desde una mirada médica, criminológica y social, esas respuestas suelen ser insuficientes. Reducir un acto complejo a una sola causa puede tranquilizar a la opinión pública, pero no ayuda a comprender el problema de fondo.
El concepto de identidades fragmentadas permite observar estos fenómenos desde una perspectiva más amplia. No se trata de justificar la violencia ni de convertir al agresor en víctima. Se trata de comprender cómo ciertos individuos, especialmente adolescentes y adultos jóvenes, pueden experimentar una ruptura profunda entre su identidad, su entorno, sus vínculos y el sentido de su propia existencia.
Desde la criminología, este tema exige una lectura seria. Algunos actos violentos parecen no tener sentido para quienes los observan desde afuera. Sin embargo, para ciertos sujetos, la violencia puede convertirse en una forma destructiva de obtener reconocimiento, pertenencia o unidad interna.
¿Qué son las identidades fragmentadas?
Las identidades fragmentadas no deben confundirse con la llamada personalidad múltiple ni con un diagnóstico psiquiátrico automático. Más bien, describen una condición psicosocial en la que el sujeto pierde continuidad interna.
Sus valores, emociones, conductas y formas de presentarse ante los demás pueden volverse inestables, contradictorias o extremas. En este contexto, una persona puede construir distintas versiones de sí misma: una identidad familiar, una identidad social, una identidad digital, una identidad aislada o incluso un alter ego sostenido por comunidades virtuales, fantasías de reconocimiento o narrativas violentas.
Esta fragmentación puede generar una desconexión entre lo que el sujeto cree ser, lo que desea representar y lo que termina actuando en la realidad. Por eso, hablar de identidades fragmentadas no significa justificar una conducta, sino intentar comprender su estructura.
Modernidad tardía: una sociedad inestable
Para entender este fenómeno, también es necesario mirar el tipo de sociedad en la que vivimos. La modernidad tardía, también llamada modernidad líquida por Zygmunt Bauman, describe un mundo marcado por la incertidumbre, la fragilidad de los vínculos y la pérdida de estructuras estables.
Las relaciones humanas se vuelven más temporales. Las instituciones tradicionales, como la familia, la comunidad o la religión, pierden fuerza como estructuras de contención. Al mismo tiempo, el individuo recibe una presión constante para reinventarse, competir, destacar y consumir.
En lugar de construir una identidad sólida, muchas personas viven atrapadas en una exigencia permanente de transformación. Deben ser exitosas, visibles, productivas, atractivas, originales y emocionalmente disponibles. Esta presión puede producir cansancio, vacío, aislamiento y sensación de no pertenecer a ningún lugar.
Desde la salud mental, este escenario no puede ignorarse. La violencia individual no surge en el vacío. Aunque cada caso debe analizarse con cuidado, existen condiciones culturales, familiares, tecnológicas y sociales que pueden favorecer procesos de ruptura subjetiva.
Violencia individual y búsqueda de sentido
Cuando ocurre un acto violento extremo, muchas personas lo describen como violencia sin sentido. Para quienes observan desde afuera, puede parecer absurdo, irracional o incomprensible.
Sin embargo, en algunos casos, para el propio agresor la violencia puede convertirse en la única forma de sentirse visible, completo o reconocido. Esto no significa que el acto tenga justificación. Significa que, para comprenderlo, es necesario estudiar la manera en que ciertos sujetos encuentran en la violencia una forma equivocada y destructiva de unificar una identidad fragmentada.
La violencia individual puede transformarse en una puesta en escena. El sujeto no solo actúa contra otros; también actúa una narrativa interna. Busca ser visto, recordado, temido o interpretado. En ese punto, la violencia deja de ser únicamente una agresión física y se convierte en un lenguaje simbólico.
Por eso, desde el análisis de la conducta humana, estos hechos deben estudiarse con responsabilidad. Reducirlos a etiquetas rápidas impide comprender los mecanismos sociales, psicológicos y culturales que pueden estar detrás.
El papel del mundo digital
La hiperconectividad también juega un papel importante. Hoy, una persona puede vivir simultáneamente en varios escenarios: el mundo familiar, el escolar, el laboral, el social y el digital.
En redes, videojuegos, foros o comunidades cerradas, algunos individuos encuentran avatares, símbolos, códigos y discursos que refuerzan una identidad alternativa. La criminología cultural ha señalado que los medios digitales pueden convertir la violencia en una estética.
Imágenes, música, relatos, videos y discursos pueden construir una narrativa donde lo criminal aparece como forma de poder, pertenencia o trascendencia. Esto no significa que internet produzca por sí sola la violencia. Esa sería una explicación demasiado simple.
Pero sí puede aportar recursos simbólicos a individuos vulnerables, aislados o en crisis de identidad. Cuando una persona se siente excluida, invisible o sin futuro, ciertos discursos digitales pueden ofrecerle una identidad sustituta.
Identidad fragmentada no es diagnóstico psiquiátrico
Es importante aclarar que hablar de identidad fragmentada no equivale a diagnosticar una enfermedad mental. No toda conducta violenta se explica por una patología. Tampoco toda persona con sufrimiento psíquico representa un riesgo para los demás.
El concepto debe entenderse como una herramienta de análisis psicosocial. Permite estudiar cómo el entorno, la cultura, la precariedad, la hiperconectividad, la pérdida de vínculos y la crisis de sentido pueden influir en la manera en que una persona construye su identidad.
Desde las ciencias forenses, esto exige una lectura cuidadosa. No basta con preguntar qué ocurrió. También hay que preguntarse cómo se formó el sujeto, qué narrativas lo atravesaron, qué vínculos perdió, qué símbolos adoptó y qué sentido encontró en sus actos.
Juventud, vulnerabilidad y crisis de identidad
Los adolescentes y adultos jóvenes pueden ser especialmente vulnerables a estos procesos. Su desarrollo cerebral, en particular en áreas relacionadas con el control de impulsos, la evaluación de consecuencias y la regulación emocional, todavía se encuentra en maduración.
Si a esto se suma aislamiento, hiperconectividad, precariedad emocional, exposición constante a contenidos violentos y ausencia de redes de apoyo, el riesgo de rupturas subjetivas puede aumentar.
La respuesta social no debe ser el morbo ni la simplificación. Tampoco debe ser el miedo generalizado hacia los jóvenes. La respuesta responsable debe incluir prevención, educación emocional, fortalecimiento comunitario, atención en salud mental y análisis criminológico serio.
Comprender no es justificar
Uno de los mayores retos al hablar de estos temas es evitar dos errores: justificar la violencia o explicarla de forma simplista. Comprender un fenómeno no significa disculparlo. Significa estudiarlo para prevenirlo mejor.
Las identidades fragmentadas nos obligan a mirar más allá del acto final. Nos invitan a observar la sociedad que produce aislamiento, la cultura que premia la exposición, las plataformas que amplifican símbolos violentos y las instituciones que muchas veces llegan tarde.
En una época marcada por la incertidumbre, la soledad y la pérdida de sentido, estudiar la conducta humana se vuelve indispensable. La medicina, la criminología, el psicoanálisis y las ciencias sociales pueden aportar herramientas para entender estos fenómenos sin caer en el morbo.
Una mirada necesaria desde la criminología contemporánea
Las identidades fragmentadas representan un problema emergente para la criminología contemporánea. No porque expliquen todos los actos violentos, sino porque permiten analizar una parte de la violencia individual que no puede entenderse únicamente desde el crimen organizado, la política o la enfermedad mental.
El reto está en construir explicaciones más responsables. Explicaciones que tomen en cuenta la modernidad tardía, la crisis de los vínculos, la hiperconectividad, la estética digital de la violencia y la fragilidad de ciertas identidades juveniles.
Hablar de estos temas exige seriedad. Exige ciencia, contexto y humanidad. Porque solo cuando dejamos de mirar la violencia como espectáculo podemos empezar a comprender sus raíces.
Dr. Benítez TV es un espacio de divulgación dedicado a analizar la salud mental, la criminología, la medicina, las ciencias forenses y la conducta humana desde una mirada clara, crítica y responsable.
«`





























